Piel de moleskine
Ando enganchada a un cuadernito negro que guarda mis virtudes y defectos organizativos y vitales mediante una goma elástica anclada a su extremo. Es tan adusto y tan austero, tan impersonal y tan serio que por más que lo miro, no parece mío.
Uno esperaría encontrar entre sus páginas coordenadas económicas, los haberes y los debe de cualquier negocio, radiografías de los sueños de un contable.
Sin embargo, este cuaderno de condición humilde y aspiración grave, está moteado de anotaciones imprecisas e inquietas. Tareas que viajan de un día a otro en escaleras de flechas, escapando de la jerarquía de las prioridades. Citas mayores y menores, concertadas y pendientes.
En mi cuaderno se mezclan la peluquera, el abogado, la funcionaria del inem y el de la agencia tributaria, el fotógrafo, el deejay, la manager y cómo no mi dentista, que visita mi agenda y examina mis encias una vez cada seis meses.
Lejos del caos y con la voluntad proyectada en compartimentos estancos, hoy he conseguido tachar por concluidas casi todas las citas y memorias del día. Ni contenta ni satisfecha he dejado caer, sin sobresaltos, la goma elástica sobre la tapa.
He entrado al baño y qué sorpresa la mía al desmaquillarme la cara y descubrir entre algodones, rastros de negra piel de moleskine.