Ese loco bajito.

El viernes por la mañana decidí que esa noche tendría una cita.

A primera hora de la tarde activé el plan A.

Una hora más tarde, activé el plan B.

(En todos los juegos hay estrategia)

Una hora después confirmé que soy pésima haciendo planes.

Hay cosas que olvido pronto y recuerdo tarde.


A las 20:00 horas decidí no tener una cita.

Lo que me situaba de nuevo en la zona cero.

Cero frustraciones, cero preguntas sin respuestas

cero lamentaciones por cosas que no han sucedido.

He aprendido que hay puertas que lo mismo que abres,

las cierras. Y no hay heridos.


Unos minutos antes de terminar el día,

me sumergí en el abrazo cotidiano del sofá.

Los viernes siempre serán el mejor día de la semana

a solas o en compañía.


Horas mas tarde tendría una cita con un chico de la televisión.

Jamie Cullum

Un londinense pequeño y cabezón

un híbrido entre Coque Malla y Andrew Strong

que ya me había tirado los trastos a través de mi reproductor de mp3,

otra forma de diferido.


Fue muy divertido, nada de sonrisas forzadas,

comentarios en off, copas de cortesía…

sólo mi sofa, mi pijama

mi cita y yo.


El hizo una increíble demostración de talento,

habilidades, inspiración, pasión,

locura y entrega.


Saltaba entre la gente y entre los pianos

como un niño hiperactivo en una fiesta de salón

y para conquistarme,

sólo tuvo que cantarme al oído

canciones que sólo escucho yo

y ancianos de más de 80 años.


Así me deslicé por mi cita,

experimentada, confiada,

serena y divertida.

Sin pensar en el momento del beso

ni en cómo se sentiría la mañana

encontrándole en la cama

o buscándole en el primer pensamiento.


Cuando se encendieron las luces,

se acabó lo que se daba.

Él se llevó su talento

y me devolvió el corazón sin desperfectos,

yo recogí las copas, los mandos

el cenicero y cerré las ventanas.

Nos despedimos con elegancia

al abandonar el salón

“Buenas noches, cariño, hasta mañana”.


Y hasta hoy.