Pesadilla en Boda Street
Hoy he despertado entre sollozos y sudor. Lo primero que he pensado es que esa no es manera de comenzar un día. Había tenido una pesadilla recurrente. Soñaba que me casaba.
Estaba en una casa extraña con jardín, piscina y mucha gente que se suponía mi familia. Me sentía feliz de ver a tanta gente hablando, riendo y contando historias. Pasaba la mayor el tiempo observando a los demás, yendo y viniendo de la cocina, bebiendo vino, jugando con los niños.
Hasta el momento en que me mandaron a probarme el traje de novia pensaba que era un fiesta o la boda de otro. Pero sólo faltaban un par de días para que se celebrara la boda y yo no sabía que hacer para parar todo aquello. Nadie me escuchaba. Iba corriendo de un lado a otro diciéndole a todo el mundo que se relajara, que dejaran de cocinar, de planchar, recoger y recibir invitados del aeropuerto.
Les explicaba que yo no había dicho en serio que me fuera a casar y que no había organizado nada de aquello. Les suplicaba que me dijeran quién era el responsable para detenerlo y llegar a un acuerdo. Celebraríamos una cena y una fiesta para la familia, pero no una boda. Era imposible que yo me casara. Era la cosa más descabellada del mundo. Pero ellos sonreían y amablemente, pasaban de mí.
Luché para encontrar un teléfono y llamar a mi onírica pareja, y entre hipidos y lágrimas le supliqué que me ayudara a detener todo aquello, que él sabía la verdad, que no podíamos casarnos, que íbamos a ser muy infelices y que se acabaría el mundo tal y como lo conocía y que estaba segura de que si aquello seguía a mí me iba a dar un infarto de miocardio y que por todos los santos viniera a poner orden.
Pero él también lloraba y me dí cuenta de que no iba a ayudarme. Estaba sola. Y me iban a casar.
Desperté angustiada, desorientada y confusa. Y he estado dándole vueltas todo el día intentando desgranar del sueño un psicoanálisis, mientras me he mantenido ocupada sin salir de casa.
Cuando he terminado de cenar he encendido la televisión y para mi sorpresa emitían “Mi gran boda griega”, así que el sofá ha hecho las veces de diván y me he sometido a terapia de choque.
Para mi sorpresa me he reído a carcajadas y he llorado con las escenas de amor.
Entonces he pensado que no me ocurre nada. Solo sucede que yo de niña dibujaba princesas y no novias. Que mi abuelo me preguntaba por deporte si me iba a casar y yo respondía categóricamente que de mayor iba a ser soltera, periodista, cantante y detective. El se reía a carcajadas de tanta determinación en una niña tan pequeña y creo que hoy también reiría si supiera que lo he conseguido todo, menos la placa de detective.
Así que desde hoy destierro de mis noches a las pesadillas de boda. Es un miedo que no me pertenece. Me casaré cuando encuentre a un hombre con la paciencia y el valor de un cazador de ballenas con arpón y celebraremos la boda cada vez que hagamos el amor. No conozco un rito más sagrado y más hermoso.
Mientras tanto, seguiré vistiéndome de princesa y bailando con los niños en las bodas de los demás. Y sobre bodas no tendré ni una pesadilla más.