Demasiada realidad.

Algo pasa en televisión. Está llena de realidad. Demasiada como para pensar que es algo casual e inintencionado. No hay que ser un experto, sino un espectador, para intuir que el modelo está cambiando.

Hace una década la televisión era por definición la caja tonta del entretenimiento con intervalos regulares de lucidez en forma de telediarios, que constituían el estandarte de la realidad. Una realidad extraña, eso sí, plagada de bombas, muertos, balances económicos, declaraciones públicas, elecciones, accidentes aéreos y desastres naturales. Un entramado de incidentes aislados, notorios y singulares que debíamos aceptar y consumir como el pan de cada día, a pesar de que no se entendiera de manera natural cómo podía afectar de la misma forma a los mecanismos del mundo los fallecidos diarios en Irak y los lanzamientos discográficos de Madonna. Yo zanjé mi polémica interna al respecto determinando que la vida era un misterio y la actualidad, un oráculo surrealista para tarados o expertos. Y me hice periodista, por lo de tarados.

Hoy sin embargo en televisión la realidad es otra cosa y ya no forma parte del telediario. La tele-realidad son los indigentes, los adolescentes problemáticos, la lucha contra el sobrepeso, los autoestopistas, las prostitutas, los gays y sus movidas, los vendedores ambulantes, las familias en la playa, los hipotecados, los ancianos que pierden su renta antigua, las embarazadas adolescentes y cómo no, los españoles, andaluces y madrileños que viven en cualquier parte del mundo.

Mucho me temo que se han cumplido los deseos de aquellos que reclamaban más visibilidad mediática para temas sociales y menos inversión presupuestaria en decorados de cartón piedra.

Y mucho me temo también que se ha hecho de la manera menos deseable y por los motivos más lucrativos. La parrilla televisiva se ha llenado de Callejeros y sus sucedáneos, reality shows, reportajes de pseudoinvestigación, programas monográficos de debate y denuncia social que tal y como está la mano de obra en el periodismo, cuestan dos euros y mantienen a los espectadores entretenidos a base de realidad, mirándose en el espejo de la televisión como se miraba Narciso, pero sin llegar a ahogarse, que ya están ahogados con otras cosas.

Aunque no lo parezca, lo que a mí me preocupa de esta historia no es que se esté haciendo un mejor, peor o pésimo enfoque de los temas sociales. Lo que me intriga es saber qué están tramando esos señores tan listos de los grupos mediáticos y de las telecomunicaciones, ahora que ya no hacen grandes producciones y cubren audiencias comprando derechos de series de televisión americanas. Mano sobre mano no están, eso seguro. Así que sospecho que mientras su gente trabaja en periodismo social neoprogresista de tres al cuarto para distraer, ellos están negociando los acuerdos empresariales y los proyectos de ley que marcarán sin lugar a dudas el futuro del mercado del entrenimiento, la información, la comunicación, la producción musical y audiovisual.

En otras palabras: mientras yo hago zapping entre los millones de callejeros de la televisión ellos están decidiendo cuanto ganaré y pagaré por producir y consumir todo lo que cabe en la televisión digital e interactiva, que es mucho mucho mucho más de lo que pensamos.

¿Ha dejado la caja de ser tonta y es más lista que nosotros?