Errores de principiante.
Si hubiera escrito un relato de las últimas semanas, habríais leído una crónica social de citas y de encuentros, risas, anécdotas y música de bar, demostraciones de la teoría de los seis grados de separación y una colección de filosofías improvisadas sobre la soltería y la búsqueda del amor. Aderezadas invariablemente con alcohol de combinado, que sabe por partes iguales a fiesta y desesperación.
Estuve tentada de hacerlo en varias ocasiones ¿pero realmente había algo que contar? Aún no. Los grandes acontecimientos y las grandes lecciones nos esperan en las esquinas más insospechadas.
Mi gran lección vino a mí no hace mucho, a horas intempestivas, por entregas y bajo múltiples formas de encuentro y desencuentro: un sms tardío para el que no encontré contestación, una after-copa bajo las estrellas y frente a un mar de tejados, una señal de dirección obligatoria que me guió hacia la luz verde de un taxi…
Hasta hace muy poco no me he dado cuenta de lo mucho que he aprendido: no se nada. He estado tonteando con el desastre, a punto de cometer a estas alturas errores de principante. Son los que más escuecen, los que te ponen en camino y sorprendentemente los que más pronto se olvidan. Pero, tranquilo, siempre estás justo a tiempo de volver a encontrarte con ellos.
Milagrosamente he dejado pasar uno de esos errores de principiante que tenemos asignados silbando suavemente por mi lado, acariciando mis hombros, que sí, están hechos para ser acariciados, como una trampa. En el momento preciso, comprendí algo que un amigo al que aprecio mucho más de lo que expreso, me ha enseñado sin saberlo.
“Lo que quiero no se parece a lo que no quiero”.
Y así, tras una de mis excursiones al mundo exterior, tumbada en la cama, con los sentidos hipnotizados por el ronroneo y las sombras en movimiento de las aspas del ventilador, con la sensación de haberme perdido y haberme encontrado en un mismo instante, me dije “buena chica”… y me dormí.