En septiembre empieza todo.

En septiembre empieza todo. La lluvia, las clases, las compras de los viernes por la tarde, más de una taza de café al día, apuestas sobre la subida los impuestos, inauguraciones, estrenos de temporada y actos oficiales. Los telediarios se vacían de torsos bronceados y desnudos y se llenan de progreso, balances económicos, estadísticas y sus habituales muertos.

Septiembre siempre llega con urgencia y el semblante grave. Queda mucho que hacer en corto tiempo. Porque septiembre no mira a octubre sino al año nuevo. De hecho los propósitos más importantes, los que quieres y puedes cumplir, los asumes en septiembre y no a golpe de campanada. Conseguir un empleo, hacer carrera en la empresa, matricularte en algún idioma, cambiar de piso, engendrar un hijo.

Mis propósitos actuales se forjaron en septiembre del año pasado. Propósitos graves y peligrosamente audaces, de esos que te cambian la vida y la mejoran para siempre.

Por primera vez quise empezar desde cualquier punto ya conseguido, no desde cero. Quise volver a la ciudad en la que nací y recuperar sus calles y mis paseos. Quise seguir creciendo con los que me vieron crecer y volver a tenerlos en radio de acción de mis abrazos. Y quise muchas cosas más, que aquí no cuento.

Un año más tarde me asomo al balcón de mis propósitos y siento vértigo de los que no se han cumplido, pero algo me dice que estoy a punto de conseguirlos. Septiembre susurra en el viento y lo confundo con mi voz: “Aún no es tarde, aún tienes tiempo”.

Si septiembre no es mágico… es un prestidigitador con mucho talento.

Ese loco bajito.

El viernes por la mañana decidí que esa noche tendría una cita.

A primera hora de la tarde activé el plan A.

Una hora más tarde, activé el plan B.

(En todos los juegos hay estrategia)

Una hora después confirmé que soy pésima haciendo planes.

Hay cosas que olvido pronto y recuerdo tarde.


A las 20:00 horas decidí no tener una cita.

Lo que me situaba de nuevo en la zona cero.

Cero frustraciones, cero preguntas sin respuestas

cero lamentaciones por cosas que no han sucedido.

He aprendido que hay puertas que lo mismo que abres,

las cierras. Y no hay heridos.


Unos minutos antes de terminar el día,

me sumergí en el abrazo cotidiano del sofá.

Los viernes siempre serán el mejor día de la semana

a solas o en compañía.


Horas mas tarde tendría una cita con un chico de la televisión.

Jamie Cullum

Un londinense pequeño y cabezón

un híbrido entre Coque Malla y Andrew Strong

que ya me había tirado los trastos a través de mi reproductor de mp3,

otra forma de diferido.


Fue muy divertido, nada de sonrisas forzadas,

comentarios en off, copas de cortesía…

sólo mi sofa, mi pijama

mi cita y yo.


El hizo una increíble demostración de talento,

habilidades, inspiración, pasión,

locura y entrega.


Saltaba entre la gente y entre los pianos

como un niño hiperactivo en una fiesta de salón

y para conquistarme,

sólo tuvo que cantarme al oído

canciones que sólo escucho yo

y ancianos de más de 80 años.


Así me deslicé por mi cita,

experimentada, confiada,

serena y divertida.

Sin pensar en el momento del beso

ni en cómo se sentiría la mañana

encontrándole en la cama

o buscándole en el primer pensamiento.


Cuando se encendieron las luces,

se acabó lo que se daba.

Él se llevó su talento

y me devolvió el corazón sin desperfectos,

yo recogí las copas, los mandos

el cenicero y cerré las ventanas.

Nos despedimos con elegancia

al abandonar el salón

“Buenas noches, cariño, hasta mañana”.


Y hasta hoy.

Ordinary Woman

Hoy he sentido miedo volviendo a casa

el pretendido camino de baldosas amarillas

se ha descubierto como un campo de minas.

Me he sentido indefensa al girar cada esquina

escuchando en mis pasos el eco de otros pasos

hoy me he sentido frágil, desnuda en los silencios

y he maldecido la sonrisa segura

el gesto indiferente, valiente y audaz

que tranquiliza a quien pregunta

si no desearía

andar en compañía.

Cada tres noes que digo esconden un sí

que pasa desapercibido sin pena ni gloria

para amigos, pasados y futuros amantes.

Soy una mentirosa, una hábil escapista

del tejado el violinista

la gata que baila sobre un skycraper de zinc.

Hoy hubiera vendido los besos y abrazos

que guardo para quien quiera que sea que sepa apreciarlos

por un faro-beso en la oscuridad

la mano en la cintura,

por una noche ser

la reina de la casa

la dueña de la cama

el abrazo que no quieres

morir sin conocer.

Pero no soy un pretérito imperfecto

del modo subjuntivo

soy un presente tozudo

latente de futuro.

Cuando he llegado a casa

he soltado la autocompasión, los anhelos,

la pena, la pesadumbre y el bolso

he calmado el hambre

ungido los pies

y conjurado el sueño

para espantar al fantasma que insiste

en que no existe

antídoto para esta soledad.

Pesadilla en Boda Street

Hoy he despertado entre sollozos y sudor. Lo primero que he pensado es que esa no es manera de comenzar un día. Había tenido una pesadilla recurrente. Soñaba que me casaba.

Estaba en una casa extraña con jardín, piscina y mucha gente que se suponía mi familia. Me sentía feliz de ver a tanta gente hablando, riendo y contando historias. Pasaba la mayor el tiempo observando a los demás, yendo y viniendo de la cocina, bebiendo vino, jugando con los niños.

Hasta el momento en que me mandaron a probarme el traje de novia pensaba que era un fiesta o la boda de otro. Pero sólo faltaban un par de días para que se celebrara la boda y yo no sabía que hacer para parar todo aquello. Nadie me escuchaba. Iba corriendo de un lado a otro diciéndole a todo el mundo que se relajara, que dejaran de cocinar, de planchar, recoger y recibir invitados del aeropuerto.

Les explicaba que yo no había dicho en serio que me fuera a casar y que no había organizado nada de aquello. Les suplicaba que me dijeran quién era el responsable para detenerlo y llegar a un acuerdo. Celebraríamos una cena y una fiesta para la familia, pero no una boda. Era imposible que yo me casara. Era la cosa más descabellada del mundo. Pero ellos sonreían y amablemente, pasaban de mí.

Luché para encontrar un teléfono y llamar a mi onírica pareja, y entre hipidos y lágrimas le supliqué que me ayudara a detener todo aquello, que él sabía la verdad, que no podíamos casarnos, que íbamos a ser muy infelices y que se acabaría el mundo tal y como lo conocía y que estaba segura de que si aquello seguía a mí me iba a dar un infarto de miocardio y que por todos los santos viniera a poner orden.

Pero él también lloraba y me dí cuenta de que no iba a ayudarme. Estaba sola. Y me iban a casar.

Desperté angustiada, desorientada y confusa. Y he estado dándole vueltas todo el día intentando desgranar del sueño un psicoanálisis, mientras me he mantenido ocupada sin salir de casa.

Cuando he terminado de cenar he encendido la televisión y para mi sorpresa emitían “Mi gran boda griega”, así que el sofá ha hecho las veces de diván y me he sometido a terapia de choque.

Para mi sorpresa me he reído a carcajadas y he llorado con las escenas de amor.

Entonces he pensado que no me ocurre nada. Solo sucede que yo de niña dibujaba princesas y no novias. Que mi abuelo me preguntaba por deporte si me iba a casar y yo respondía categóricamente que de mayor iba a ser soltera, periodista, cantante y detective. El se reía a carcajadas de tanta determinación en una niña tan pequeña y creo que hoy también reiría si supiera que lo he conseguido todo, menos la placa de detective.

Así que desde hoy destierro de mis noches a las pesadillas de boda. Es un miedo que no me pertenece. Me casaré cuando encuentre a un hombre con la paciencia y el valor de un cazador de ballenas con arpón y celebraremos la boda cada vez que hagamos el amor. No conozco un rito más sagrado y más hermoso.

Mientras tanto, seguiré vistiéndome de princesa y bailando con los niños en las bodas de los demás. Y sobre bodas no tendré ni una pesadilla más.

Dirigentes en la sombra.

Hoy he sentido agradecimiento y un profundo respeto por todas aquellas personas que sin saberlo, mueven el mundo.

Las madres que se ocupan de mantener completa la nevera y cocinan sin reservas para mantener alejado el fantasma de su inevitable ausencia.

Los padres que comparten los secretos del cuidado del coche, el arte del taladro, la declaración de hacienda, la negociación en el banco.

Las tías y las cuñadas que detallan los escarceos y aventuras de los hijos adolescentes, para que mañana y sea lo que sea en lo que se conviertan, tus primos y sobrinos no te sean indiferentes ni extraños a pesar de no haber compartido más que cenas y eventos de calendario.

Las abuelas que con sus historias, te conceden un pasado y sin resistencias te entregan el testigo del presente otorgándote el manejo de su móvil.

Los amigos que hacen fotos y graban videos, para tenerte y para teneros en la memoria en todas sus formas, más allá del tiempo y los acuerdos imprecisos de la amistad.

Los valientes que celebran bodas, tienen hijos, empresas, deudas y compran lotería de Navidad. Cada preocupación multiplica por mil el deseo y su fuerza de voluntad y a los miedosos nos muestran otros finales posibles.

Los comerciantes de mi calle que pase lo que pase en sus haberes contables, mantienen sus tiendas iluminadas y la seducción en sus escaparates, regalándome como el mejor alcalde posible, un camino de baldosas amarillas a casa.

Los que tocan y escuchan música en casa, dejándola escapar por la ventana. Nunca sabrán a cuantas escenas habrán puesto banda sonora.

Las caras conocidas, los turistas y la gente que conversa y te pregunta en la calle, porque tienen el poder de hacerte visible e invisible en un minuto.

En definitiva, hoy he sentido agradecimiento y un profundo respeto por todas aquellas personas que, mientras yo contemplo, mueven el mundo.

Demasiada realidad.

Algo pasa en televisión. Está llena de realidad. Demasiada como para pensar que es algo casual e inintencionado. No hay que ser un experto, sino un espectador, para intuir que el modelo está cambiando.

Hace una década la televisión era por definición la caja tonta del entretenimiento con intervalos regulares de lucidez en forma de telediarios, que constituían el estandarte de la realidad. Una realidad extraña, eso sí, plagada de bombas, muertos, balances económicos, declaraciones públicas, elecciones, accidentes aéreos y desastres naturales. Un entramado de incidentes aislados, notorios y singulares que debíamos aceptar y consumir como el pan de cada día, a pesar de que no se entendiera de manera natural cómo podía afectar de la misma forma a los mecanismos del mundo los fallecidos diarios en Irak y los lanzamientos discográficos de Madonna. Yo zanjé mi polémica interna al respecto determinando que la vida era un misterio y la actualidad, un oráculo surrealista para tarados o expertos. Y me hice periodista, por lo de tarados.

Hoy sin embargo en televisión la realidad es otra cosa y ya no forma parte del telediario. La tele-realidad son los indigentes, los adolescentes problemáticos, la lucha contra el sobrepeso, los autoestopistas, las prostitutas, los gays y sus movidas, los vendedores ambulantes, las familias en la playa, los hipotecados, los ancianos que pierden su renta antigua, las embarazadas adolescentes y cómo no, los españoles, andaluces y madrileños que viven en cualquier parte del mundo.

Mucho me temo que se han cumplido los deseos de aquellos que reclamaban más visibilidad mediática para temas sociales y menos inversión presupuestaria en decorados de cartón piedra.

Y mucho me temo también que se ha hecho de la manera menos deseable y por los motivos más lucrativos. La parrilla televisiva se ha llenado de Callejeros y sus sucedáneos, reality shows, reportajes de pseudoinvestigación, programas monográficos de debate y denuncia social que tal y como está la mano de obra en el periodismo, cuestan dos euros y mantienen a los espectadores entretenidos a base de realidad, mirándose en el espejo de la televisión como se miraba Narciso, pero sin llegar a ahogarse, que ya están ahogados con otras cosas.

Aunque no lo parezca, lo que a mí me preocupa de esta historia no es que se esté haciendo un mejor, peor o pésimo enfoque de los temas sociales. Lo que me intriga es saber qué están tramando esos señores tan listos de los grupos mediáticos y de las telecomunicaciones, ahora que ya no hacen grandes producciones y cubren audiencias comprando derechos de series de televisión americanas. Mano sobre mano no están, eso seguro. Así que sospecho que mientras su gente trabaja en periodismo social neoprogresista de tres al cuarto para distraer, ellos están negociando los acuerdos empresariales y los proyectos de ley que marcarán sin lugar a dudas el futuro del mercado del entrenimiento, la información, la comunicación, la producción musical y audiovisual.

En otras palabras: mientras yo hago zapping entre los millones de callejeros de la televisión ellos están decidiendo cuanto ganaré y pagaré por producir y consumir todo lo que cabe en la televisión digital e interactiva, que es mucho mucho mucho más de lo que pensamos.

¿Ha dejado la caja de ser tonta y es más lista que nosotros?

ESTADOS LATENTES

Latencia es el tiempo que transcurre entre un estímulo y su respuesta.

Puede durar un microsegundo o toda una vida.

Es un universo finito en el que todo es posible al mismo tiempo.

Me gusta considerar que estoy

en un periodo de consciente latencia.

SÁBADO NOCHE, DESORDEN NATURAL

Es increíble la capacidad que tenemos para dotar a cada cosa de una causa, una finalidad y casi un sentido único. Nada ni nadie se escapa, ni las cosas más cotidianas. En todo hay o encontramos un orden natural y desapercibido.

Digo esto porque repasaba la agenda y me he encontrado una cita inesperada. Lunes 6 de julio a las 10:30 de la mañana, recuerda, cita con el dentista. Y de repente me ha parecido un día y una hora extraña ¿en qué estaba pensando? Los lunes no son para ir al dentista, los lunes son para… los lunes son para…¿para qué son?

Seguro que hay millones de respuestas. Más de una por persona, más de una finalidad, un estado de ánimo y un sentido para cada día. Los lunes por ejemplo son para trabajar, para refunfuñar por ir a trabajar, para temer la llegada a la oficina, para encontrar más atasco que nunca, para perder la mañana arreglando papeles en el banco…

Que por cierto, ¿cómo se arreglan papeles en el banco? ¿Os ha pasado alguna vez? ¿Os ha llamado el director de vuestra sucursal para solicitaros que os personéis en la oficina y arregléis vuestros papeles? ¿Los dejásteis desordenados la última vez? ¿Es que los empleados se dedican a romper tus valiosos documentos y después te citan, te dan un bote de cola y te obligan a dejarlos como nuevos? A mí no me ha pasado nunca, pero si es así me alegro de ser una de las pocas personas que sólo va al banco para hacer ingresos en efectivo, cosa que en último año y tal y como va mi economía, no ha sucedido ni una sola vez. Sí, definitivamente para mí ni siquiera los lunes son días de banco.

Pero volvamos al asunto del orden natural inventado y esta vez sin incisos.

Los lunes son para cabrearse, trabajar y ver la televisión antes de acostarse.

Los martes son para trabajar, ir al supermercado, y hacer cosas extrañas como ir al médico, planchar o elegir muebles.

Los miércoles son el meridiano del mosqueo (de más a menos), el trabajo se sobrelleva, se toma café e incluso se va al cine. También se hacen cosas extrañas, pero menos.

Los jueves son para trabajar y acumular más trabajo, publicar en facebook que mañana es viernes y quedar para tomar una birra al salir del curro.

Los viernes son para planificar el trabajo del temido lunes que viene, llegar cansado a casa y salir o no, dependiendo del estado civil y del estado de tus finanzas.

Los sábados son el día de las compras compulsivas, la limpieza de la casa, las comidas familiares y el sábado noche es… un agujero negro.

Y dentro de ese agujero, en este preciso instante, estoy yo. Escribiendo sobre el absurdo, fumando y escuchando a Norah Jones. Y si a alguien le parece una estampa romántica y piensa mientras escribo estoy radiante, hermosa y feliz, se equivoca.

Hace mucho calor, el aire acondicionado se ríe de mi tras su embalaje, tengo sombras de resaca y rimmel bajo las pestañas y estoy enfadada con los señores que programan la parrilla de televisión. Lo último que he visto aparecer en la pantalla era una señora mayor armada con un micrófono, dispuesta retransmitir carreras en un hipódromo hasta matarme de aburrimiento. Le he dicho, “ya me torturo yo sola, gracias”

Y aquí estoy. Atrapada en un agujero-noche. Preguntándome si en realidad hay un orden natural inventado y debería estar haciendo otras cosas para no contradecirlo, pero nadie me lo ha dicho. Miro con insistencia mi agenda. Sábado noche. Calla y otorga.

Un día de estos averigüaré qué.

Mientras eso ocurre o no, me deslizo peligrosamente hacia la segunda página, miro la hora en la barra de herramientas, apuro las últimas caladas y pienso que a pesar de este desastre nocturno, hay cierta dosis de benevolencia en este absurdo orden natural inventado. Mañana es domingo. Oficialmente y sin lugar a dudas, el día de no hacer nada, el día del Señor. Que Dios bendiga al tipo que tuvo la genial idea de dejar constancia por escrito. Amén.

Errores de principiante.

Si hubiera escrito un relato de las últimas semanas, habríais leído una crónica social de citas y de encuentros, risas, anécdotas y música de bar, demostraciones de la teoría de los seis grados de separación y una colección de filosofías improvisadas sobre la soltería y la búsqueda del amor. Aderezadas invariablemente con alcohol de combinado, que sabe por partes iguales a fiesta y desesperación.

Estuve tentada de hacerlo en varias ocasiones ¿pero realmente había algo que contar? Aún no. Los grandes acontecimientos y las grandes lecciones nos esperan en las esquinas más insospechadas.

Mi gran lección vino a mí no hace mucho, a horas intempestivas, por entregas y bajo múltiples formas de encuentro y desencuentro: un sms tardío para el que no encontré contestación, una after-copa bajo las estrellas y frente a un mar de tejados, una señal de dirección obligatoria que me guió hacia la luz verde de un taxi…

Hasta hace muy poco no me he dado cuenta de lo mucho que he aprendido: no se nada. He estado tonteando con el desastre, a punto de cometer a estas alturas errores de principante. Son los que más escuecen, los que te ponen en camino y sorprendentemente los que más pronto se olvidan. Pero, tranquilo, siempre estás justo a tiempo de volver a encontrarte con ellos.

Milagrosamente he dejado pasar uno de esos errores de principiante que tenemos asignados silbando suavemente por mi lado, acariciando mis hombros, que sí, están hechos para ser acariciados, como una trampa. En el momento preciso, comprendí algo que un amigo al que aprecio mucho más de lo que expreso, me ha enseñado sin saberlo.

“Lo que quiero no se parece a lo que no quiero”.

Y así, tras una de mis excursiones al mundo exterior, tumbada en la cama, con los sentidos hipnotizados por el ronroneo y las sombras en movimiento de las aspas del ventilador, con la sensación de haberme perdido y haberme encontrado en un mismo instante, me dije “buena chica”… y me dormí.

Shhh, se rueda.

Sin guión, ni presupuesto

ni indicaciones del director…

ruedo cada días escenas domésticas

intervenciones estelares

paisajes emocionales

la luz del verano en el suelo del salón

arrugas en las sábanas

el hielo del congelador.

La banda sonora suena en el portátil

soy el lars von trier de mi yo cotidiano.